jueves, 28 de mayo de 2009

Las "limpias"

Ya cuando el estudiante se ha convertido en Shaman, puede realizar las curas, limpias y demás actividades. Los shamanes también se clasifican por la calidad de poderes que tienen cada uno de ellos. 

Para curar, los shamanes, generalmente proceden de la misma manera: preparan el brebaje y se lo beben, antes y después deben tomar guayusa para no vomitar. Van tomando paulatinamente el brebaje, luego se recuestan hasta que vengan las visiones y energías curativas. 

Empiezan a silbar y a cantar duro, invocando a los espíritus, pide un ramo de suripanga, ramo de una guadua y empieza a cantar, chupa la o las partes afectadas y sigue tomando trago, en el acto deben haber uno ó dos acompañantes. Al aventar con la suripanga explica todo lo que tiene el paciente: el espíritu, quien lo brujeo, si tiene cura o no.

En el trance puede reprender al malhechor y ordena que deje de molestar al "enfermo".  Todo este ritual se lo lleva a cabo bien entrada la noche para poder ver a los espíritus con mayor claridad.

Cuando amanece el shaman da la medicación y los ayunos a la persona que se ha sometido a la limpia; esta no debe trabajar, ni jugar, entre otras actividades. Muchas de las veces el brujo muestra lo que chupo, pedazos de madera, chanta, sapos, culebras, gusanos, pero no siempre lo hace. Los shamanes recomiendan, para proteger a la familia, poner un círculo alrededor de la casa. 

Por lo general los que hicieron el mal al "enfermo" mueren brujeados de una manera más fuerte o por un brujo más poderoso. Cabe recalcar que los shamanes son buenos, son los doctores de la comunidad, mientras que el término brujo se utiliza para los shamanes que han elegido el camino del mal.



miércoles, 27 de mayo de 2009

El Shamanismo

Las diferentes etnias de Ecuador poseen sus misterios, leyendas y realidades escondidas. Nadie más que ellos conocen el total de su saber ancestral. Los shamanes tienen su reputación por su capacidad de curar enfermedades. Transmiten sus conocimientos sobre plantas medicinales de generación en generación y conservan las tradiciones de cada comunidad indígena. 


Los ritos shamánicos están en relación con la presencia de los cuatro elementos de la vida: tierra, agua, aire y fuego. Los shamanes beben preparaciones de plantas que tienen poderes alucinógenos que les permiten tener una visión distinta del universo, una de ellas la conocida ayahuasca y algunas otras plantas sagradas en las que se basan las terapias. El shamán visualiza la naturaleza como un sistema espiritual energético y observa muy atentamente los equilibrios y las interdependencias. 

A continuación el audio del canto de un shamán durante una limpia:


Hasta hoy en día, pedir la ayuda de un shamán es una práctica muy común dentro de las comunidades, sea para hacerse curar, predecir el futuro y/o hacerse exorcizar. El shamán es percibido como un sanador o un brujo en función del uso que hace de las plantas y de su poder. El shamán nunca estuvo presente en la cultura quechua como el que dirige el grupo, sino más bien como alguien a quien temer.

En la Amazonía ecuatoriana, los shamanes utilizan sobretodo la planta alucinógena ayahuasca para entrar en contacto con los espíritus y utilizan también el tabaco puro.



martes, 26 de mayo de 2009

Crónica del viaje hacia Pununo

El día empezó muy temprano, el guía nos esperaba a las 8am frente a la emergencia del hospital del Tena. Cuando llegamos había una camioneta lista para transportarnos hasta la vivienda del Shaman al que visitaríamos, cerca de Pununo. El viaje duraba alrededor de una hora y media y todos los presentes no cabíamos en el interior de aquella doble cabina, por lo tanto seis de nosotros tuvimos que viajar el el balde. Mientras íbamos por la carretera el único inconveniente era el viento que nos azotaba con fuerza ya que el conductor parecía creerse mejor que Montoya.  El calor húmedo de la zona evitaba que sintiéramos frío, pero nuestra suerte cambió cuando en menos de media hora empezó a llover. Debido a la velocidad las gotas parecían agujas y todos hacíamos nuestro mejor esfuerzo para protegernos de su ataque. El viaje era silencioso y nadie se atrevía a abrir ni siquiera los ojos, ya que no nos perdíamos de mucho, el paisaje era una difusa mancha verde a ambos lados del vehículo. Unos cuantos kilómetros más adelante pudimos dejar la lluvia tras de nosotros pero nadie se atrevía entablar una conversación, de vez en cuando el viento se llevaba un comentario suelto y unas cuantas carcajadas. Los que nos encontrábamos atrás veíamos con cierta envidia a los que dormían plácidamente dentro del vehículo libres del viento y la lluvia, en un asiento cómodo y forrado. Pero la peor parte aún no llegaba. De un momento a otro dejamos la carretera asfaltada para internarnos por un camino de piedras y tierra, fue en ese momento en que sentíamos como nos temblaba el cerebro y todos los huesos de nuestro cuerpo. Toda la siguiente parte del camino fue así, y como el chófer no reducía la velocidad, ahora no solo nos acechaba el viento, si no también las ramas de las laderas y una que otra piedra que saltaban bajo la presión de las llantas.



Cruzamos varios puentes colgantes y muy estrechos, sobre correntosos ríos. Cada uno decidía entre si ver el hermoso paisaje o ceder al miedo y cerrar los ojos, pero la vista era espectacular.



Ya para cuando nuestras posaderas empezaban a quejarse debido a la irregularidad de la superficie y los constantes saltos del vehículo, empezamos a disminuir la velocidad porque el camino casi desapareció frente a nuestros ojos cuando tuvimos que cruzar un pequeño río y después otro. Y cuando el terreno se volvió aún más irregular y ya no resistíamos la incomodidad llegamos a una pequeña explanada y la camioneta se detuvo. Con el cuerpo adolorido dimos gracias en silencio y procedimos a bajarnos del vehículo para caminar tras el guía hasta la casa del Shamán, con la esperanza de que la misma camioneta nos recogiera después de unas cuantas horas. 
Como ya no corría el viento, el calor y la humedad empezaron a caer sobre nosotros y como buenos citadinos caminábamos lo más juntos posible intentando evitar todo contacto con la madre naturaleza e intentando pisar exactamente en los puntos que el guía había pisado. Nadie quería toparse con una sorpresa selvática.